¿De qué se compone nuestra sexualidad? ¿Porqué aún ahora es
un tema signado como tabú? Nunca es fácil acercarse a un tema tan extenso, del
que se habla constantemente, y sin embargo se le tiene aún en un pedestal un
tanto por encima de nuestras cabezas.
La riqueza de la sexualidad es algo que todos, o la mayoría,
de los seres humanos coincidimos en apreciar, de una manera u otra. Necesaria o
innecesaria, amada u odiada, repudiada o exhibida, intensa en todo caso. Hace
parte de nuestra identidad y de nuestra personalidad y es total mente personal,
al menos eso es lo que creemos.
Partiendo necesariamente de los conceptos acuñados por
Sigmund Freud, el yo o ego, el superyó o superego, y el id o ello, nos
encontramos con que nuestro actuar siempre se encuentra permeado por más de una
esfera que influyen determinantemente en las decisiones que tomamos, consiente
o inconscientemente.
El id está constituido por la parte de nuestra mente que se
ve controlada por los impulsos más primigenios, siendo totalmente irracional y
emocional, que es consumida de lleno por las pulsiones y deseos. El superego es
aquella contraparte que almacena en sí todas las cuestiones morales,
distinciones entre bien y mal y valores con los que somos formados por el
sistema social, es la parte que es paciente y que anhela perfección para
nuestra existencia, que nos impulsa a seguir las reglas de la sociedad en la
que convivimos. Finalmente el ego es la pieza clave en la conjunción de las
partes anteriores, ésta alterna nuestras necesidades irracionales con nuestras
normas morales, dictando a partir de la razón y la reflexión.
En su teoría Freud habla de que las tres partes de la mente
se ven inmersas en una dinámica bajo el influjo de lo que denominó dos
pulsiones antagónicas, el Eros y el Tánatos, la pulsión de la vida y la pulsión
de la muerte respectivamente. El Eros está claramente inclinado hacia el amor,
el deseo, la supervivencia, la sexualidad y generalmente hacia un lado más
positivo si se quiere, de la realidad. El Tánatos es odio, autodestrucción,
repulsión, sufrimiento, y un total opuesto de su compañero.
Nos encontramos entonces con que la mente, y nuestro actuar
en consecuencia, siempre va a estar limitado por una serie de barreras y
detonadores que nos impelen a realizar actos o a asumir posiciones según sea el
caso.
Ya desde una trabajo más cercano a la rama de la filosofía
vemos que Althusser y sus estudios sobre las ideologías, orientan las acciones
de los individuos a respuestas concordantes con la relación de subordinación
hacia los aparatos existentes que crean normas que actúan como reguladores
sociales. De esta manera la iglesia, la escuela, el ámbito jurídico, el
político y la familia entre otros, fungen como un orientador para actuar de
manera concordante con cierta ideología dominante, proveniente siempre del
estado.
Para el filósofo toda formación social basa su supervivencia
en una serie de elementos que actúan de manera coercitiva y necesaria,
asegurando un orden social, conllevando a un equilibrio determinado. Así bajo
la influencia de grandes como el mismo Freud o Lacan, asegura que una ideología
se define como una “representación de una relación imaginaria con unas
condiciones reales de existencia”.
De este modo encontramos, con sólo un par de ejemplos, una
serie de elementos que atraviesan transversalmente cualquier concepto de
identidad que poseamos, implicando con ello que la multiplicidad de estructuras
formadas en nuestra personalidad y nuestro acercamiento a conceptos tan
supuestamente sencillos como lo son la sexualidad, el amor o el odio siempre
van a estar influenciados por cierto contexto que va a parcializar nuestro
conocimiento o acercamiento a algún fenómeno.
Avizoramos entonces que desde cualquier punto que se le
trate, la complejidad de un concepto relativamente integrador, como lo es la
sexualidad, toma en su camino un sinnúmero de aristas que se van a ver reflejadas
en el actuar y el concebir en sí mismo.
Podemos entonces afirmar que la sexualidad es un elemento
totalmente subjetivo, totalmente propio, pero totalmente construido con
preceptos y concepciones que nos son ajenos y que por gusto o no, compartimos
bajo un abanico de pluralidades encontradas. Mi sexualidad es solo mía, pero se
construye desde los demás.
Así las cosas, la sexualidad en los humanos se integra con
una gran multiplicidad de conceptos y elementos, alejándose diametralmente de
la sexualidad animal, mucho más instintiva que la propia, adentrándose en un
mundo lleno de complejidades y de criterios, unos irreconciliables y todos
marcados por una propia historicidad que no reconoce par en ningún otro ser
humano. Se abre entonces ante nuestra presencia, un concepto hilvanado de
muchas causas y efectos, y con infinitos resultados distintos, esa es nuestra
sexualidad.


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